Editorial Programa 34

Como os hemos ido avisando, este año vamos a añadir contenido en el blog para que vuestra experiencia en Golstalgia sea completa. Para ello, usaremos este espacio para ampliar información sobre nuestro podcast. Por ese motivo, os dejamos una editorial escrita por David (@crónicaculés) para todos vosotros. Esperemos que os guste: 
Aquel verano, los ecos de hacía un año, cuando sentimos que al fin nos acercábamos a Europa, tras haber clavado la organización de los juegos olímpicos de Barcelona y haber, además, organizado la Expo, nos sentíamos más modernos que nunca. El tren de la modernidad, definitivamente, alcanzaba nuestros hogares. La fiebre del “Somos europeos” sacudía aún nuestros hogares, al tiempo que se destapaban las corruptelas en modernos diarios de tirada nacional que aglutinaban la flor y nata del espectro intelectual de la vieja transición. Más y mejores oportunidades. Más y más opciones de matar el tiempo libre. Televisiones privadas que ya se afianzaban dejando a la televisión de siempre como un quebranto del pasado. De algún modo, en los 90, los que aún éramos niños y niñas intuíamos, con las nuevas emisoras, que habíamos entrado en nuestra particular era del color. Años antes, aún, del mundo digital, de vivir siempre disponibles y localizables a través de teléfonos móviles que con suerte, veríamos en algún peliculón moderno. Las cartas seguían de moda. Crecíamos entre anuncios de tabaco y alcohol que nos incitaban a consumir mientras, cigarro en mano, nos amenazaban en casa con castigos muy diversos si nos encontraban fumando.
Éramos la niñez de Oliver Y Benji, de la lucha libre y las Mamachicho. Vivimos la llegada de Toys r Us que sustituirían para siempre a las jugueterías de barrio. La vida se aceleró en los 90 y nuestra generación fue la primera en tratar de seguir el ritmo. La diversidad de canales de televisión nos descubrió nuevas formas de entretenernos. Y esa misma diversidad sumó una “guerra” televisiva de la que fuimos inconscientes, pero de la que nos aprovechamos. De pronto se veía más de un partido. De golpe y porrazo los clubes generaban más ingresos y necesitaban menos de las recaudaciones de taquilla. Los millones volaban de mano en mano, a costa de los derechos de televisión, ante la inocencia más absoluta de los que sólo queríamos ver más fútbol. No era ya suficiente el partido del sábado por la noche. Y ya no se requeriría de antenas parabólicas súper potentes para disfrutar el fútbol desde casa.
Y ¿en verano? El periodo vacacional llenaba las parrillas de películas de escaso presupuesto, series infumables que servían de escuela de actores y programas de entretenimiento que abusaban de chistes fáciles, imitaciones cutres y muchos bailes que subían de tono cada año, calentando a muchos y escandalizando a nuestros mayores. Pero en verano, salvo año de Mundial, Eurocopa o Juegos Olímpicos no había fútbol. Sólo había amistosos de pretemporada y los torneos veraniegos que organizaban tantos clubes para sacar tajada de patrocinios y taquillazos, mientras aprovechaban para presentarnos los fichajes estivales. Para los mayores, aquello era la pretemporada. Pero para nosotros, los olímpicos, niños y niñas de la modernidad, ganar un Carranza, un Gámper o un Teresa Herrera era un título más que celebrar de nuestros equipos. Y había para todos los gustos. Trofeos inmensos y menudos. Con nombres de personalidades y de ciudades. Con más o menos lustre. Con equipos extranjeros o nacionales. Con partidos a media noche o a media tarde. Con formatos triangulares, cuadrangulares o a partido único. Torneos de un día o de varios. Torneos y trofeos aquí y allá. Torneos que estaban ya en caída libre. Pero que formaron parte de las últimas horas de vacaciones de todos los golstálgicos. Los trofeos son para el verano.

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